martes, mayo 11

HIJO DE PUEBLO


(MI “YO” Y OTRAS HISTORIAS)






La magia de aquellos pueblos perdidos en la memoria, en las coincidencias geográficas que, a ratos, despiertan acurrucados en el deseo. El manantial, la glorieta con sus arabescos incrustados, el rencor, el odio racial, aquellas manías que han sido barridas en el día a día como polvo ancestral, tibio y resbaladizo, por la escoba de esas conversaciones tan dolorosas como el goce infinito del disfrute por dolor ajeno.


Ahí está mi recuerdo, anclado a la superstición de esas calles oscuras, al nacimiento de la ternura y la soledad, a los recuerdos, a ese pequeño espacio que se convierte en destino, en una cascada inolvidable que brota para mostrarse desde la plenitud. No llega de manera completa, fragmentos, el primer amor, la curiosidad y esa increíble sensación de un escape constante que no puedo explicar por qué no aparece más que cuando dejo de recordar.

Ser hijo de un pequeño pueblo tiene su encanto, pero también posee la cruz de un destino marcando tu camino, iluminando ese sendero para que no te salgas, para que tu caballo mantenga el paso de potro amansado y es que son tantas las prohibiciones que te rodean que jamás logras comprender tu verdadera talla, el precio justo de tu grandeza, porque siempre vives colgado de esa aldaba, de ese simple comentario que puede malograr de golpe y porrazo tu futuro.


¿Y que puede importarle el futuro a un niño de pueblo? Hasta en eso tienes que cuidarte, porque te diseñan toda una telaraña de caminos para terminar en una cantina ahogando todos tus resentimientos. Ese es el caso de Don Luis. Bueno, para ser sincero hasta la médula, como dicen por allá por mi pueblo, esa era su historia. El decía que provenía de una familia de muchísimo dinero –harto dinero- esas eran sus palabras reales, aunque nadie conocía ni su apellido, solo Don Luis, ese era su secreto comenzaba a narrarte sus historias para que te sintieras interesado y muy de repente, cuando te notaba que estabas dentro de la historia, te soltaba un… ya me tengo que ir… y uno por conocer el final de la historia le decía, no se vaya Don Luis, tómese otra cerveza, y Don Luis lanzaba su gesto más convincente, movía su cabeza en señal de aprobación y decía su frase más célebre –esta bien, solo porque se trata de usted- y así continuaba su historia deteniéndola justamente cuando su vaso de 12 onzas trasparente y con ese inconfundible oso polar grabado en sus paredes quedaba absolutamente vacío y justamente ahí comenzaba el arte de la seducción, Don Luis negociaba su próxima cerveza y su “victima” la continuidad de la historia.


Recuerdo la primera vez que fui víctima de Don Luis, justo acababa de cumplir los 16 años y me encontraba disfrutando de las vacaciones invernales. Nunca pude entender eso de vacaciones invernales porque llegabas al pueblo y zas un invierno de 36 grados centígrados. Lo más cercano que recuerdo al invierno de esos años fue el estreno de una chamarra de piel que me regaló mi padre y que se me ocurrió ponérmela para ir al cine y así, dicho sea de paso, pavonearme delante de las muchachas. Yo no se realmente que película era, ni siquiera recuerdo en que momento apagaron las luces, ni cuando se terminó. El único recuerdo de ese día histórico fue la sensación de felicidad cuando llegue a mi habitación y me quité la dichosa chamarra.


Como les decía, disfrutaba de mis primeras vacaciones invernales, ya que como buen hijo de familia acomodada estudiaba en los Maristas de Cienfuegos, hermosa ciudad, muy afrancesada para mi gusto, pero “donde el arte encuentra un destino dibuja su estela de gracia”, así decía mi profesor de pintura. Recuerdo que ese día, el segundo de mis ansiadas vacaciones, me preparé desde la tarde para conquistar el parque de Cruces, mi pueblo natal, y es que era precisamente el momento justo en que tu padre te desliza un par de billetes de 20 pesos y con cara de pícaro te dice: “No regreses a casa sino te conviertes en hombre”


Jamás logré entender a mi padre. En muchas ocasiones me acercaba a él para pedirle 20 centavos para disfrutar de un delicioso pan con lechón y una Coca Cola con el negro Baudelio y siempre me repetía la misma historia, hijo ve a la trastienda, acomoda la mercancía, barre bien el piso y luego hablamos y ese luego era tan lejano como las barras de queso que poseía mi padre a los ratones que, a veces, lograban burlar el cerco de trampas que les ponían sus ayudantes.


Aunque para ser honesto en muchas ocasiones encontraba los 20 centavos en la mesita de noche de mi alcoba. Mi padre jamás daba nada sin pedir algo a cambio, esa era su filosofía, por ello me sorprendió ese día al poner en mis manos dos billetes de 20 pesos. Toda una fortuna para la época. Les pongo un ejemplo: Mi padre tenía tres empleados en su tienda y a cada uno les pagaba religiosamente los sábados. Ponía en sus manos siete billetes de 1 peso y luego de recibir los consabidos agradecimientos de sus empleados les decía: -agradezcan a Dios porque tienen un empleo digno y por favor, no se olviden de pagarle la comida a Doña Lola.


Dolores o Doña Lola, era mi madre y diariamente ella cocinaba en compañía de mi nana Josefa para todos. Mi padre nunca hizo distingos en su casa con nadie. A la hora del almuerzo o la comida se sentaban todos, desde sus hijos hasta sus ayudantes y por supuesto la nana Josefa quien siempre era la última en sentarse y la primera y única que se levantaba de la mesa antes que mi padre. Como les decía mi padre al pagarle a sus ayudantes les recordaba que fueran con Doña Lola a pagarles por la comida de la semana. El pago era 1 peso a la semana, dinero que mi madre jamás cobró, pero que cada semana al ir los ayudantes a pagarle ella les decía: –la semana entrante le cobro sin falta, porque sé que esta semana la esta pasando muy mal, y su familia necesita el dinero para resolver sus problemas económicos-.


Solo una vez mi madre le cobró el peso a uno de los ayudantes, porque la semana anterior Alberto, que era su nombre, confiado quizás, en que mi madre no le cobraría como siempre, no fue a darle las gracias y a ofrecerle el pago y mi madre, como toda una santa, espero toda una semana para darle una lección a este joven, lo hizo pasar, espero que como siempre le agradeciera por la comida y que extendiera el billete y mi madre, para sorpresa de Alberto, tomó el billete y lo guardo en una de las gavetas de la cocina. Alberto, quien no salía de su asombro escuchó a mi madre decirle –joven, lo que hoy le estoy cobrando no es la comida que usted se come durante la semana, sino su falta de respeto al no venir y agradecer la buena voluntad de su patrona de atenderlo como se debe- dicho esto mi madre lo despidió con un ademán y el buen Alberto se retiró. No sé en realidad que haya pasado con este joven hay muchos años que no lo veo, lo que si estoy seguro es que aprendió la lección de que siempre hay que ser agradecido, que nunca se debe dar por hecho algo tan noble como el agradecimiento y así era mi madre, muy recta, pero muy justa en sus decisiones.


Decía que nunca lograba entender a mi padre porque su tacañería era legendaria. Muchas anécdotas corrían de boca en boca por el pueblo, pero la más famosa era la que estuvo 8 días sin comer para no gastarse el mísero salario que le pagaba don Wilfredo, su antiguo patrón y el primer propietario de la tienda que luego fue de mi padre. Es que don Wilfredo mandaba a comprar la comida para él y sus ayudantes a la fonda de la señora Carmen. Una sola comida al día según la ley de Don Wilfredo y en cierta ocasión que Don Wilfredo se tuvo que ausentar por unos días mi padre que para esa época era la única persona en el mundo que soportaba al español quedó al frente de la tienda y estuvo sin comer por ocho días para no gastar un centavo de su mísera paga. Por ello es que me sorprendió ese día al deslizar dos billetes de 20 pesos en mi mano y pedirme de manera pícara y sonriente que no regresara a casa sino me convertía en hombre.


El verdadero sentido de esa frase era que tomara el camino de salida del pueblo y visitara uno de los burdeles que por esa zona existían. Para ser sincero nunca fue esa mi intención porque ya conocía los secretos del amor innombrado como le decía mi abuela. Porque mi abuela cuando se refería a las escapadas de mi abuelo a los prostíbulos decía que mi abuelo estaba en la casa del innombrado y a mí siempre me llenaba de curiosidad cada vez que escuchaba la frase en boca de la abuela porque mi madre siempre se ruborizaba y decía...¡¡¡Madre!!! Y mi padre se sonreía muy a disgusto de mi madre. Esa tarde cuando salí tome el rumbo del Paradero de Camarones, porque quería visitar a Martha.


Martha era, digo era porque ya falleció, una hermosa mujer de unos treinta y cinco años que poseía una belleza rara. Muchas personas siempre persiguen el prototipo de belleza que esta de moda. Por aquellos años recuerdo que el prototipo de belleza que todos perseguían era el de la mujer exuberante, alta, con grandes caderas y Martha era todo lo contrario. Era muy delgada al extremo, pequeña, menudita y de facciones muy duras. Nada en ella inspiraría la musa de un poeta callejero. Sin embargo, recuerdo que la conocí cuando montaba a caballo en la finca de mi abuelo. Ella vivía al lindero de la finca y rara vez se dejaba ver por alguien. Había tenido una infancia muy dura allá por los campos de Manzanillo. Ella era la única hija hembra de un matrimonio que tenían otros quince hijos y siendo muy niña tuvo que ocuparse de todos sus hermanos y el papa al morir su madre, en uno de los tantos desalojos que vivieron. Por eso al cumplir los trece años se escapó con el primer hombre que le hizo promesas.


En los primeros tiempos todo le fue muy bien a Martha. Juan, que así se llamaba su esposo la respetaba y la cuidaba mucho, pues al final ella era solo una cría y él todo un hombre de 35 años. Todo marchaba como Martha había soñado hasta que quedó embarazada de su hijo. Justo ahí comenzaron los problemas para Martha, porque Juan, que había sido víctima de una infidelidad de su primera esposa comenzó a enojarse cada vez más seguido con Martha y lo que, en principio, eran discusiones, al final terminaron en escandalosas peleas donde en una de ellas Ramón, el vecino de la pareja intervino para apaciguar los ánimos de Juan y al recibir una agresión de este le asestó un golpe con su machete matándolo instantáneamente. Ramón huyo del lugar y al llegar la guardia rural encontraron a Martha sentada en una esquina de la casa, toda ensangrentada, mientras su esposo yacía muerto al centro de la misma.


Martha fue llevada al Vivac de Cruces y luego a Santa Clara acusada de dar muerte a su esposo. Martha estuvo presa por más de 15 años hasta que alguien encontró el expediente de su caso arrumbado en algún archivo empolvado y leyó “testigo ocular del asesinato de su esposo” y casi al final del expediente encontró una frase escrita a mano donde se aclaraba que Martha estaba recluida en espera de su juicio. El juicio jamás se celebró y un buen día, cuando Martha ya había perdido todas las esperanzas de recuperar su libertad llegó un señor alto, muy alto según me dijo una vez, acompañado de una de las carceleras y le dijo –Señora esta usted en libertad, puede marcharse- Martha jamás pudo entender que había pasado. Tantos años de dolor, la separación de su hijo cuando apenas tenía dos años, tantas angustias, desilusiones, desesperanzas habían convertido a Martha en una harapienta ermitaña a la que mi abuelo había permito vivir en uno de los linderos de su propiedad.


Mi abuelo la recogió en su auto cuando regresaba de visitar una de sus haciendas ganaderas del Camagüey y la vio sentada al borde de la carretera sola, desgreñada, vistiendo harapos y con una cara de hambre que asustaba. Mi abuelo decía: el día que la recogí en la carretera me asustó tanto ver su cara de hambre que si le hubiesen dado ese susto a una yuca con toda seguridad que se ablandaba. Mi abuelo le regaló un pequeño bohío abandonado en el lindero de su finca y en los primeros tiempos la ayudó con algo de ropa y comida, pero Martha jamás le pidió nada, siempre que me hablaba de mi abuelo lo hacía con mucho agradecimiento, porque él había sido la única persona que había sido decente con ella. Mi abuelo al ver que Martha estaba mejor dejó de visitarla y ahí estuvo lejos de todo contacto humano hasta que yo la encontré.


Al principio Martha me veía y escapaba, de ninguna manera se dejaba ver, incluso en una de esas visitas entre a su bohío y ni siquiera apareció para regañar mi osadía. Poco a poco me fue perdiendo el miedo, porque veía que llegaba a visitarla y me sentaba horas en la entrada de su casa y cada vez que me marchaba dejaba sobre una improvisada mesa de tablas que estaba afuera de su bohío alguna golosina o regalo. Es curioso, en cierta ocasión le deje un pañuelo de cabeza y al día siguiente cuando estaba llegando a su bohío la vi escapar por la parte trasera con el pañuelo en la cabeza, lo cual me llenó de alegría porque era señal de que le había gustado mi regalo.


Creo que fue al mes de ir cada tarde a visitarla que me sorprendió al llegarme por detrás y ofrecerme un café como si fuera un visitante asiduo al que ella conociera de toda la vida. Pueden imaginarse mi cara de sorpresa. Había soñado este encuentro durante todo un mes y allí estaba parada frente a mí esperando mi aprobación para prepararme un café. No recuerdo que le dije, lo que si recuerdo es su enorme e intimidante carcajada que hizo que me levantara y me montara en mi caballo y me fuera.


Tardé como una semana en regresar y al ir acercándome a su bohío lo noté vacío. Llegué, me bajé del caballo y caminé hasta la mesa, coloqué un vestido que había hurtado de la tienda de mi padre y me voltee para ir en busca de mi caballo cuando escuche su voz…. Qué…hoy no se queda a esperar… Lentamente gire mi rostro y ahí estaba ella, toda sonriente con el pañuelo que le había regalado anudado al cuello… Venga, siéntese…enseguida le preparo café y se perdió dentro del pequeño bohío regresando con una jícara y me la ofreció. Yo hice una señal de agradecimiento con mi rostro y ella se sentó frente a mí y así estuvimos toda la tarde sin decirnos nada, solo nos mirábamos uno al otro.


Al día siguiente regresé, pero lo hice más temprano que de costumbre y al llegar pude ver como se asomaba por la ventana y me regalaba una sonrisa. Feliz me baje del caballo y llegue hasta su puerta, ella la abrió y me invito a pasar con un ademán, yo le di las gracias con otro y entré. Martha cerro la puerta con suavidad y se me abrazó con mucha fuerza y al soltarse me regaló un beso en los labios y me dijo… gracias por el vestido está hermoso….nunca antes nadie me había regalado algo tan bonito… y me volvió a abrazar. Así estuvo varios minutos hasta que me dijo… ¿quieres ver como me queda el vestido?...De mis labios salió un si algo apagado pues como podrán imaginar estaba mas asustado que un pollo mojado.


Martha comenzó a moverse por la habitación como si estuviera bailando un vals, solo faltaba el sonido de la orquesta, aunque para ser honesto no creo que ella lo necesitara. Estaba feliz, tomo el vestido en su mano y lo coloco con suavidad en un taburete luego comenzó a desabotonarse su raída camisa y me dijo…. Cierra los ojos, no es mi cuerpo desnudo el que quiero que veas al abrirlos es tu regalo lo que quiero que disfrutes… Yo asentí con un ademán y aunque tenía unas ganas enormes de verla desnuda me contuve, simplemente cerré los ojos y espere ansioso a que ella me diera el permiso para abrirlos.


Aunque solo fueron unos pocos segundos mi ansiedad me hizo pensar que fueron horas. Al fin escuche sus palabras, me pidió que abriera los ojos y para mi sorpresa estaba semidesnuda solo cubierta por la camisa de trabajo y entonces se acerco a mi, me susurró que como me había portado bien y no había hecho trampas intentando abrir los ojos me quería regalar el honor de que yo le pusiera el vestido.


Decirlo ahora es fácil, pensarlo es más sencillo, pero vivirlo como lo viví en ese momento es muy difícil. Cuando escuche sus palabras mi cuerpo comenzó a temblar. No es fácil, era la primera vez que estaba delante de una mujer y para colmo estaba semidesnuda, parada frente a mi y tenía todo el nacimiento de su seno queriendo salir a través de la camisa, que dicho sea de paso, solo estaba abotonada en un solo ojal.


De verdad que no le deseo un momento como ese a nadie. Era la disyuntiva de tener en tus manos todos los sueños de un adolescente engreído y precoz o la de seguir los consejos de tus mayores que te recomendaban alejarse de mujeres fáciles.


Fue así que conocí el amor, que pude saborear la dulzura y el misterio que estaban encerrados en el cuerpo de una mujer que, por muchos años, no pudo expresar su intimidad. Muchas fueron mis visitas posteriores, pero aquella fue la más especial.


Decía que esa tarde fui a visitar a Martha porque sentía muchos deseos de verla. Habían pasado muchos meses desde que había partido a Cienfuegos para estudiar y ya la extrañaba. Extrañaba sobre todo esas caricias que le hacia a mi cuerpo desnudo después que hacíamos el amor, sus palabras, su sentimiento de niña alocada.


Tenía muchos deseos de pasar la tarde con ella y reconozco que hasta toda la noche, pero al llegar no supe que pensar, el bohío estaba destruido y no había rastro de ella, años después supe que se había regresado a su casa para ayudar a sus hermanos porque su padre había muerto y su madrastra había huido dejándoles a sus hermanos otros dos hijos que había tenido con el padre.


Al no saber que había pasado con Martha me sentí muy triste y regresé al pueblo sin saber que hacer. Por ello mientras vagaba por las calles llegue hasta el bar de Don Pepe y sin saber por qué entre, me senté en una de las banquetas de la barra y pedí una cerveza.


Mientras saboreaba el rubicundo y turbio remolino de mi Polar, Don Luis se sentó a mi lado, triste y silencioso y se puso a dibujar con sus dedos palabras imaginarias sobre la barra. Tiempo después supe que era una de sus estrategias para que sus “victimas” se sintieran atraídos por su magia conversadora y no ser él quien iniciara, porque al iniciar una conversación debes respetar las leyes no escritas de las tabernas y bares, debes pagarle a tu interlocutor para que te escuche y como no es decente que le pagues directamente, por ellos debes pagarle con la moneda secreta: una cerveza, una línea de ron o cualquier otra cosa semejante que se le antoje a tu invitado.


Decía que Don Luis se sentó a mi lado y comenzó a mover sus estrategias para atrapar a su víctima y yo, que ya sentía mucha curiosidad de establecer una conversación con este pirata sin carabela me deje atrapar fácilmente.


Al recibir su botín, Don Luis me miró fijamente y luego de saborear un largo trago comenzó a decir… “Muchos piensan que soy maldito, que soy hijo del diablo, hasta que soy el diablo solo porque llevo un parche sobre mi ojo y no es así. Perdí mi ojo el mismo día que cumplí treinta y tres años. Nunca supe si fue una bendición o una maldición porque algo hay de ambas. La culpa es un remedio para quitarnos los problemas de encima sin sentir su peso apretándonos contra el piso. Por ello no culpo a nadie, ni siquiera me culpo a mi mismo. Porque hacerlo sería pecar a través de la mentira y regresaría sobre mis pasos anteriores a ese día y no quisiera hacerlo, es por eso que te digo que puede ser una bendición y puede ser una maldición porque después de ese día soy como el hijo del diablo al que todos desprecian, al que todos temen y que, por el temor a pecar no hacen público sus verdaderos sentimientos hacia mi persona, pero no importa, que me puede importar a esta altura de la vida el desprecio de alguien, cuando soy feliz, cuando al fin puedo decir que cumplí mi misión en la vida, cuando la muerte puede ser la única vía para regresar a mis ancestros.


Don Luis terminó su cerveza y para sorpresa de muchos se levantó y se marchó, creo, si mi memoria no me falla, que fue la última vez que fue visto por el pueblo. Se fue como apareció, su leyenda ha quedado en la memoria de muchos como yo, que se acercan a su recuerdo a través del tiempo para sonreír en las arenas de la eternidad, para fortalecer la esencia del alma. De mi recuerdos a mi presente, de hijo de pueblo a ciudadano del mundo, toda la nostalgia y la consagración de un segundo incrustado para siempre en un trozo de papel.


Así es el tiempo, tan frio como caprichoso, apoderándose de nuestros pensamientos y dejándolos desperdigados como huérfanos innombrables, perdiéndose la lejanía pero quedando la esencia, el místico sentido de una escapatoria por los caminos del pasado.



2 comentarios:

georgina miguez lima dijo...

me sorprendiste con la magia de tu narracion de los recuerdos que quedaron anclados del pueblo lejano que solo queda en el recuerdo y tu les das vida desde tu pluma prodigiosa y empiezas a encontrar a sus viejos habitantes que solo quedan en la memoria ,el retrato de D.Luis fantastico,las referencias al padre que quiere que el hijo se vuelva hombre parece un cuadro pintado por algun pincel ,las escenas con Marta,la joven humilde que desperto la pasion en el jovencito ansioso de amor y deseos...
Maravilloso y esa prosa agil,desemvuelta del cuento como si fueras un cuentero mayor...me encanto...felicidades

Lotus dijo...

Excelente! muy amenas estas historias.

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