jueves, mayo 13

EL DIA DE LA MALA SUERTE


(MI "YO" Y OTRAS HISTORIAS)




José Abrévalos y Monzón era, como se dice en buen cristiano, un hijo divino de Dios. Párroco nombrado desde la Habana por el propio señor Arzobispo, bueno esto último no era muy seguro, ya que la única prueba que existía era la continua afirmación del padre José, que así era como le conocían, sobre el asunto. Su llegada a Cruces se remonta a comienzos de los años 30, cuando apenas era un joven recién graduado del seminario San Carlos.

Cruces, como casi todos los pueblos cubanos de comienzos de siglo, basaban su economía en la caña de azúcar y en el desarrollo agropecuario. A la llegada del padre José no existían muchos negocios en el centro del pueblo, incluso, la iglesia era, según el padre José: “una casucha de madera de dos pisos que era sostenida por la culpa de los comejenes”.

El por qué de su nombramiento para una parroquia tan pequeña y pobre, a pesar de su “linaje”, ya que su tío era el cardenal de la ciudad de Santiago de Cuba, despertó dudas sobre un asunto que fue todo un escándalo en la ciudad. Todo el mundo recordaba la visita de Gerardo Machado a la iglesia de la Loma del Ángel ese domingo previo a la muerte de varios opositores, se dijo que su presencia en la iglesia fue para amedrentar al Monseñor Arturo quien se había hecho famoso por sus “misas rojas”. Lo llamativo del asunto es que ante el asombro de todos los presentes el general depositó en la bandeja de diezmos un abultado grupo de billetes que, según se supo con exactitud después, ascendía a 100 000 pesos, cantidad que el presidente de la Republica considero “justa” para callarle la boca al monseñor.

El Monseñor camino lentamente hasta la parte trasera de la sacristía para comprobar con sus manos la insólita “donación” que había recibido pero al llegar vio a uno de los monaguillos tirado en el piso desmayado y la puerta de salida trasera abierta. Monseñor comprendió que habían sido robados y su primera duda fue para el señor presidente.
En la investigación policiaca se determino que el ladrón tenía que ser alguien que conocía perfectamente la sacristía ya que, su salida trasera daba a un patio interior de altas paredes por donde resultaba imposible una escapatoria. Pocos días después el joven monaguillo recuperó el conocimiento y declaró que lo único que recordaba era a una persona que le recordaba al padre José pero que no estaba seguro ya que todo fue muy rápido.

Cuando le preguntaron al padre José este negó que hubiese estado ese domingo en la iglesia de la Loma del Ángel y para demostrarlo dijo que se encontraba en la ciudad de Matanzas donde había visitado a un familiar. Monseñor no quiso escuchar las súplicas del padre José y quería entregarlo a la policía. Una intervención de su tío a través del arzobispo lograron destinar al padre José al lejano pueblo de Cruces donde el párroco había desaparecido con las donaciones para construir una nueva Iglesia.

El padre José llegó a Cruces con una sonrisa de triunfo que nadie pudo entender, en pocos meses levantó una iglesia nueva que sería el orgullo de todos sus pobladores. Algunos de sus familiares llegaron al pueblo para invertir en negocios tan diversos como impensables para la época. Como esa tienda por departamentos que copiaba a los más grandes almacenes de la Habana y que, a pesar de que nadie le auguró un próspero futuro, lo tuvo. Personajes de la burguesía criolla viajaban desde la acaudalada y hermosa Cienfuegos a comprar ropa de primerísima calidad a precios módicos. Años después se supo que la fuente de la prosperidad se debía a que Don Porfirio, primo del padre José, compraba toda su mercancía a una banda de ladrones italianos que asaltaban los numerosos embarques que arribaban a la Florida provenientes de Europa. La llegada de la Guerra en los años 40 traería el cierre del gran almacén debido a la protección que recibieron los barcos mercantes por los buques de guerra.

Uno de esos negocios prósperos que proliferaron después de la llegada del padre José fue una tienda de imágenes religiosas que abrió el propio padre al lado de la nueva iglesia. Aunque nadie cuestionó de donde sacó el párroco dinero para invertir en la tienda todo el mundo comentaba que eran sus familiares quienes habían puesto el capital. La pequeña tienda fue muy popular debido a un golpe inesperado de “buena suerte”

Don Victoriano, a sus cincuenta años desconocía que padecía un raro síndrome donde perdía todo tipo de reflejos. Al ser catatónico en un pueblo donde el único médico que existía no servía para nada después de las seis de la tarde por sus acostumbradas borracheras, nadie pudo tener otro pensamiento que no fuera el de su muerte cuando se desplomó en el bar después de un raro alarido.

Como todos sus síntomas indicaban que estaba muerto y el doctor ya estaba “fuera de servicio” fue llevado por su esposa a la funeraria Abrévalos recién inaugurada por Jesús, el hermano más pequeño del párroco.

Don Victoriano fue preparado según las costumbres de la época, un traje nuevo, un poco de color rosado en sus mejillas, y presentado en la capilla a caja abierta. Los cuatro candelabros que custodiaban su féretro brillaban en su dorado más puro.

A la medianoche casi todo el pueblo estaba “disfrutando” del delicioso café con leche y los recién horneados panes con mantequilla que constantemente eran servidos de manera “gratuita” por la funeraria y que solo los dolientes comprenderían que no había nada gratis, ya que en la factura de pago al día siguiente era incluido todo este “gasto gratuito”

La llegada del padre José atrajo las miradas de todos. El párroco se acercó al féretro y sintió un mal olor que provenía del féretro así que con mucho disimulo se acercó hasta su hermano más pequeño dándole ordenes para que pusiese hielo debajo del cadáver para evitar su descomposición.

Jesús dio la orden a sus ayudantes y comenzaron la tarea de colocar el hielo debajo del cadáver. El padre Juan comenzó a dar una misa en honor del muerto y mostrando un crucifijo mediano que había traído especialmente para colocarlo en las manos cruzadas del muerto, alabó al señor, bendijo el crucifijo besándolo para que su pureza impidiera que el alma de Don Victoriano fuera al infierno, colocó el crucifijo entre las manos del fallecido y grito: “..Dios te recibirá en su seno con toda la nobleza de su espíritu porque de no ser así permitirá que te quedes en la tierra junto a nosotros…”

El padre José fue el último en enterarse y el primero en caer desmayado, ya que justo cuando terminaba de decir sus palabras Don Victoriano se sentó desorientado en la caja mortuoria y todos los que lograron esquivar el desmayo inminente corrieron despavoridos por las calles del pueblo.

El “muerto vivo” solo estuvo un par de días en el pueblo donde se mudó para la Habana ya que nadie se atrevía a acercársele. Caminaba por una acera y todos cruzaban alejándose de este espíritu. Hay quienes pensaron que era una venganza de Dios para con Don Victorino por no reconocer a varios hijos que tenía regados por los bohíos desperdigados en las guardarrayas de los cañaverales. El único beneficiado de todo este penoso asunto fue el padre José y sus crucifijos ya que todos empezaron a creer que tenían poderes milagrosos. La fama pronto trascendió hasta la ciudad de Cienfuegos donde un hábil comerciante llegaba una vez por semana a comprar un cargamento de crucifijos que eran realizados por los jóvenes de la congregación.

Con el incremento de las “ganancias” el padre José dio ordenes para construir una campana de bronce tan grande que fuera vista por todos los pobladores. Tres años tardaron los albañiles en levantar una torre tan alta como la deseaba el párroco. Dos días estuvieron batallando para elevar la campana hasta lo alto de su pedestal y si, el padre José tenía razón, todo el pueblo y sus alrededores veían con orgullo la gran campana y por supuesto, escuchaban su poderoso sonido.

Para la inauguración del campanario el padre se puso de acuerdo con el alcalde del pueblo para hacer unos juegos florales. Todos estuvieron de acuerdo en que tres días de fiesta no le harían daño a nadie, mucho menos cuando los precios del azúcar y los productos agrícolas comenzaban a subir debido a la incipiente guerra que comenzaba en Europa.

Justo ese gran día al atardecer el padre José se disponía a abrir la tienda de imágenes religiosas ya que como era visible casi todo el pueblo estaba a la entrada de la recién pintada iglesia. Al entrar el padre resbalo con la alfombrilla que cubría el descanso de la puerta cayendo estrepitosamente al piso y emitiendo una frase que dejó a todos boquiabiertos. Su: “me cago en Dios” fue escuchado y repetido en todo el pueblo en cuestión de minutos. Adolorido el padre Juan se levanto sin comprender del todo el alcance de su frase. Nadie quiso acercarse a él, nadie quiso tenderle la mano, todos estaban mudos ante la ofensa que el mismo hijo de Dios había cometido.

El padre Juan comprendió que su buena suerte, la misma que tanto se jactaba tener había comenzado a desmoronarse, no sabía cuál sería su futuro, camino justo hasta la entrada de la iglesia y miro hacia lo alto lanzando una súplica a Dios para que lo perdonara, pues como todo ser humano había cometido un pecado. Lanzó una segunda súplica y le pidió a Dios una prueba de su perdón. Todo el pueblo de Cruces estaba alejado del padre, lo habían dejado solo para que arreglara sus problemas con Dios y Dios respondió: un sordo crujido fue escuchado, seguido de un silbido metálico en caída. La torre no había soportado el peso de la campana y había cedido, la campana se vino abajo cayendo justamente donde el padre, suplicaba arrodillado y con los ojos cerrados el perdón de Dios.

El padre Juan nunca supo que fue lo que lo envió de la tierra al infierno, pero si supo que al caer y gritar su “me cago en Dios” había comenzado la era de su mala suerte….

2 comentarios:

Lotus dijo...

Castigos así deberían pedecer muchos mortales.

Belkis Bigles dijo...

Mala Suerte o karma?. Muy buen relato me encanto.

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