viernes, noviembre 27

NO VOY EN LA SOLEDAD.




No voy en la soledad de aquel atardecer, no me importa cual es la marca favorita de la primavera, no la puedo comprender, está lejos, el otoño se apodera de la conciencia, nos descubre cada sentimiento y nos demuestra que un beso es una estrella extraviada, es una estrella que rompe sus fragmentos en el pasado para reaparecer justo en el instante donde los labios se acercan y comienzan esa delicada mezcla de sabores perfectos, ese deseo comprometido que al finalizar retorna como estrella al cielo, como estrella nueva que a la vuelta de unos pocos minutos volvera a explotar en otro deseado beso.

No voy en la soledad de aquel atardecer, porque no busco más que huellas y reflejos, ese instante perfecto donde el pincel recorre los instintos, cada movimiento perfeccionado por un deseo de imagen, es increible como se compone cada milimetro de color en pos de un simple beso, pero la simpleza es la gracia, el deseo infinito de una consecuencia, esa mitad encontrada por los espacios y esas ventanas empañadas, por qué, es la luz o es el deseo reprimido, es el escalón siguiente y la duda de seguir hasta el siguiente beso, otro donde retornará la estrella fragmentada y unida, especial por esas puntas manchadas con el color de tus labios, siempre la misma consecuencia, el mismo aroma, el mismo deseo y cada vez mejor sabor, nunca es el mismo siempre mejora su textura, su increible sabor a eternidad, ese pensamiento tan pequeño que nos une en un abrazo, en ese beso que se está tatuando en nuestros corazones.

No voy en la soledad de aquel atardecer, no puedo ir porque estás en mi alma, como puedo estar en la soledad perfecta de un atardecer si estas besando mi alma, si estás escribiendo un poema en mi espalda, esas palabras divinas, que me guian hasta el siguiente gesto, hasta ese deseo tan exacto que solo llega en el preciso segundo donde explota el deseo, no es tan fácil convertir el deseo en pedazos de luz, rayos invisibles que llegan hasta el muro y lo atraviezan, lo desarman de todos sus pecados, lo obligan a arrodillarse y dar un padre nuestro para cada pétalo, para cada raíz, para cada pequeño detalle creado por el aliento de Dios y luego se levanta, entre dos cruces y camina por ese vitral y la voz se detiene, no hay pecado, el alma es pura, se arma en pequeños cuadros que se desarman por el aroma de los deseos infinitos, las rosas y nuevamente un beso eterno. La suavidad y la forma en que las piedras nos esperan en el camino, las podemos admirar, las podemos tomar pero no, es mejor que nos sigan en nuestro camino a la eternidad, en nuestro camino al siguiente aniversario, al deseo, a la palabra consabida, a ese platillo que será diseñado en nuestro nombre y que nos devolvera el abrazo que no nos falta, el beso prohibido que nunca falta y esas noches donde mejor no describo el camino por donde comienzo a escribir cada letra que compone el poema que me provocas...

1 comentarios:

margarita dijo...

NO HAY SOLEDAD CUANDO TENEMOS EL RECUERDO DE NUESTROS PROPIOS DESEOS...
MUY BUENO, A MI ME ENCANTO. SIGUE ESCRIBIENDO, A LA SOLEDAD CON SUS VERICUETOS, O A LA IMAGEN DE ESE BESO QUE TE MARCO EN SU MOMENTO, PERO SIGUE ESCRIBIENDO...

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