sábado, mayo 15

EL SUICIDIO

(MI "YO" Y OTRAS HISTORIAS")





Anacrio Amores era un tipo de esos que todos consideraban un suertudo. Hijo ilegitimo del General español Pertierra y una mestiza de piel clara que era hija del liberto Paul. El General, que estuvo varios meses acampado cerca de Mal Tiempo, visitaba Cruces con regularidad ya que el pueblo era el lugar más cercano que tenía para recibir los correos y avituallamientos desde Cienfuegos.


Mal Tiempo era un lugar lúgubre y de muy triste recordación para el general. Dos años antes había perdido cerca de 100 hombres de su batallón de cazadores y aunque había perdido la batalla frente al General Maceo había sido ascendido por su valentía. Antonio Maceo le permitió la salida del combate por su increíble acción de estar al frente de sus soldados, hecho que era muy raro en los altos oficiales españoles. Dos veces fue derribado por balas y las dos veces regreso al combate. Una tercera herida provocada por el filo de un machete, terminó por derribarlo y uno de sus tenientes al ver la masacre que se avecinaba ordenó la retirada, quedando en el campo otro batallón que termino por rendirse ante las huestes de Maceo.


El General fue llevado a Cruces y enviado por tren hasta Cienfuegos donde fue curado en el hospital del Carmen. Dos meses después y portando los galones de general regresó a su batallón y fue destinado a cubrir los restos de la trocha de Mal Tiempo.


En uno de sus viajes semanales hubo de parar en un semi-deshecho bohío, el cual parecía abandonado, para darle agua a su caballo, quien, debido al calor tan intenso estaba jadeante. Llegó hasta la puerta y dio los buenos días recibiendo una respuesta masculina con tanto desgano que el general pensó que el dueño de la voz se estaba muriendo. Muy pronto apareció un mulato tan flaco que el general se asustó, ya que solo recordaba haber visto algunos casos así en la reconcentración del 95. El general, mostrando una sonrisa amable, le pidió agua para los caballos y los hombres que le acompañaban. El mulato asintió de buena gana y el general, quien se encontraba sorprendido por la delgadez del mulato, envió a dos de sus hombres al cuartel de Cruces y media hora después ambos soldados regresaban con una pequeña carreta con avituallamiento.


El general ordenó descargar los víveres en la vivienda del mulato y le pidió que si la hija de este podía encargarse de preparar comida para todos. El mulato, quien había empezado a disfrutar de unos tragos de ron que el General le ofrecía “generosamente” otorgó feliz el permiso para que su hija preparara el rancho.


La gente del pueblo no comprendía de dónde sacaba el mulato dinero para comprar en la tienda del pueblo. Por lo general muchos de los campesinos de la zona intercambiaban con Don Solórzano primero y después con Don Wilfredo el producto de su siembra por otros. Solo la gente del pueblo y algunos terratenientes de la zona pagaban con monedas o papel emitido por el Banco Español de la Habana. El mulato llegaba al mediodía de cada martes, comenzaba a beber, lenta y desganadamente. Al atardecer, todo era bullicio, fiesta y canciones mal entonadas por el evidente estado etílico del mulato. El más feliz de todo era Don Solórzano, quien cada martes tomaba los 60 pesos plata que llevaba en los bolsillos el mulato para cubrir las pérdidas que, por supuesto, no pasaban de 20 o 25 pesos plata. Al anochecer Don Solórzano enviaba al mulato con Luis el arriero quien por una libra de café y media de azúcar lo dejaba acostado en su desvencijada hamaca en el patio trasero de su bohío.


Durante el año y medio que estuvo el General destinado en la zona las visitas se repitieron cada martes. El último martes el General, quien regresaba a la Habana le prometió a su amada mestiza que regresaría no bien terminada la guerra para casarse con ella y criar al niño que ya venía en camino.


Rosa, que así se llamaba la mestiza nunca creyó las palabras del general, sabía perfectamente que una vez éste abandonara la zona ella quedaría en total abandono por eso le regaló una sonrisa coqueta al general y se entregó a lo que ella llamaba las tardes de miel y canela.


La infancia de Anacrio Amores fue tranquila, lejos de los comentarios incisivos de las “viudas de la guerra” y de las malas influencias de los huérfanos de la Casa del Carmen. Niños huérfanos que debido al bajo presupuesto y al poco control de las hermanas, quienes además de la Casa del Carmen, atendían el hospitalito y un asilo de heridos que, en los últimos días de la guerra no se sabía quien controlaba la ciudad, ya que mambises, españoles y norteamericanos caminaban por las calles del pueblo bajo la atenta mirada de todas las jóvenes y viudas casaderas del pueblo. Después de la guerra el asilo pasó a cuidar enfermos de tuberculosis y de lepra y fue cambiado para las afueras del pueblo, en un terreno abandonado al lado del cementerio. Las hermanitas siguieron atendiendo el asilo con la ayuda de un especialista que viajaba desde Cienfuegos cada sábado y revisaba a todos los pacientes.


Cuando tenía 11 años Anacrio Amores recibió la visita de una tía proveniente de la Habana quien tenía el encargo de su padre de llevarlo a la Habana y encargarse de su educación. El General quien había muerto de paludismo en el viaje de regreso a España había dejado una mediana fortuna que estuvo jurídicamente empapelada y su hermana, una cincuentona que nunca tuvo la gracia de tener quince años y había quedado solterona, fue quien logro después de algunos años recuperar la casi totalidad de la misma.


El viaje hacia la Habana fue a bordo de una goleta llamada “El Diamante Azul” que partió rumbo a la Habana desde el muelle de Pasacaballos en Cienfuegos. Como la goleta era bastante pequeña y la señorita Pertierra era la única dama a bordo recibió el único camarote. Cuatro largos días duró la travesía los cuales fueron un increíble festín para Anacrio quien lo único que conocía eran animales, tierra y caña.


Durante quince largos años Anacrio Amores recibió una educación esmerada, convirtiéndose en un contador. Comenzó a trabajar con el joven Evelio, compañero suyo en la Universidad, ayudando al tío de Evelio quien era un próspero corredor de la bolsa. Muy pronto Anacrio Amores comenzó a dominar el mercado de valores y logró amasar una pequeña fortuna personal. Se enamoró de la hermana de su amigo Evelio. Dos años de novios y una boda bastante sonada en la Habana fueron el resultado de su enamoramiento que, algún tiempo después sería su arrepentimiento.


Rápidamente se acostumbró al juego de tener una esposa en casa y varias amantes en la calle. Como su esposa solo se dedicaba a Dios y a dirigir los quehaceres de su casa, Anacrio Amores dedicaba toda la mañana a las transacciones financieras de la bolsa y en la tarde, en compañía de su amigo y cuñado viajaban en calandrias hasta el barrio de Atarés donde una serie de prostíbulos habían abierto las puertas de manera clandestina. Solo los sábados, que visitaban a los suegros, y los domingos que gozaba de la tranquilidad de su casona enclavada en las alturas del Cerro, Anacrio Amores se alejaba del bullicio capitalino.


La muerte de don Evelio, su suegro, fue lo que Anacrio Amores consideró como una verdadera catástrofe, ya que Don Evelio, dueño del central San Agustín y de varias haciendas lo dejó a él y a su esposa como herederos de estas posesiones y lo obligo a fijar su residencia en el pueblo de Cruces, de donde hacía varios años había sido sacado por su tía.


Anacrio Amores no podía creer su mala suerte ya que no era lo mismo su residencia a la casa de su suegro. Además, adonde rayos iba a ir en las tardes cuando terminara de inspeccionar sus propiedades. Con mucha resignación se despidió de la capital con un festín que duró dos días en la casa de Madame Rose donde la borrachera fue de leyenda.


Antes de abandonar la ciudad encargó a su cuñado de todos sus negocios de la bolsa y le dio una buena parte de la fortuna que había heredado de su suegro para que fuera invertido en jugosas acciones que representaban grandes dividendos para los dos.


Su llegada a Cruces fue en silencio, no sentía miedo de ser reconocido como el hijo de una mestiza, gracias a Dios, como decía su mama era una mulata clara y el había sacado el color de la piel de su padre. De su familia solo quedaba vivo su abuelo y él sabía como mantenerle la boca cerrada.


Aunque le costó mucho trabajo adaptarse a la vida apacible de Cruces, logro acostumbrarse a la pasividad, a las conversaciones con Don Wilfredo a quien enseño a jugar en la bolsa, aunque como todos ya conocemos la tacañería del gallego, por lo que nunca logro que invirtiera un solo duro en la misma, pero Anacrio Amores no le importaba mucho encontrar inversionistas. Cada mañana llegaba temprano a la bodega de Don Wilfredo quien le servía un café recién colado, encendía un Partagás numero dos, su favorito y buscaba en el Diario de la Marina del día anterior los resultados de la bolsa y luego de analizar todo el mercado y leer las noticias económicas se dirigía hacia el Prado de Cienfuegos donde llegaba a la estación de ferrocarril y enviaba, a través del telégrafo los movimientos para su cuñado, de esta manera continuó Anacrio Amores ganando y perdiendo dinero en la Bolsa de la Habana.


Don Wilfredo recordaba con tristeza el jueves 24 de octubre de 1929, ese día Anacrio Amores golpeó con fuerza la barra de la bodega, había perdido mucho dinero ya que días antes había especulado en comprar acciones del Acero norteamericano ya que eran de las pocas acciones que se mantenían fuertes. Tomó el auricular del teléfono de don Wilfredo y estuvo conversando largamente con su cuñado. Al final del día su cuñado lo había llamado a su casa y le había dado la buena noticia de que las perdidas habían sido menores, que habían recuperado casi todo lo invertido. Anacrio Amores le dio órdenes a su cuñado para que tomara todo su capital y lo invirtiera en Oro al día siguiente. Él sabía que el costo de las acciones subiría y que adquirirlas sería un verdadero despilfarro, pero que al pasar de los días continuarían en ascenso y con este rejuego lograría incrementar hasta un 15 porciento sus ganancias.


El viernes 25 de octubre Anacrio Amores se lo pasó nervioso pero más confiado que el día anterior. La llamada de su cuñado al finalizar la tarde le dio la razón, habían pagado caro las acciones pero aún así siguió a la alza durante todo el día, con lo que se convirtió en la única acción que lo hizo durante esa jornada. Esa noche Anacrio Amores, en una nueva llamada a su cuñado le dio permiso para que a primera hora del lunes utilizara todo el capital que quedaba para comprar acciones de Oro, ya que según sus cálculos, todo el mercado se desplomaría con excepción del oro y los diamantes.


Anacrio Amores tuvo razón en una sola cosa: todo el maldito mercado de valores se desplomó el lunes en la tarde, pero lo que no pudo creer, ni entender era como las acciones de oro cayeron tan estrepitosamente que costaban lo mismo que las del azúcar de dos semanas atrás. Literalmente había perdido todo su dinero y el de su familia. Había comenzado el gran crack del 29 y ese lunes negro fue seguido por el martes 29 que fue todavía peor.


Anacrio Amores no tuvo valor para enfrentar a su esposa, tampoco lo tuvo para hablar con nadie ese martes negro y pasó todo el día encerrado en su despacho esperando la llamada de su cuñado quien le dio las malas noticias de que las acciones del oro habían caído 7 centavos más y que las había logrado vender a un tonto judío que no sabía nada de la bolsa. Anacrio Amores que nunca había ofendido a su cuñado lo hizo con los improperios más terribles ya que, como el bien sabía, las acciones de oro bajan y suben pero no se pierden como otras que si no mantienen su precio inicial son cambiadas del mercado de valores. Anacrio Amores sintió todo el peso de su perdida, colgó el teléfono y diez minutos después se escuchó un disparo.


Su esposa entro al despacho y encontró a Anacrio Amores tirado en el piso con la cabeza ensangrentada. En sus manos le explicaba a su esposa las causas de su muerte y le pedía perdón por los errores que había cometido.


Yo recuerdo esta historia escuchada en la voz de mi padre, quien con orgullo por el pueblo que lo había adoptado, la repetía como símbolo de la riqueza del mismo, ya que, quién iba a pensar que en este lejano paraje alguien se iba a quitar la vida por algo tan importante como lo fue el gran crack del 29.



4 comentarios:

Lotus dijo...

Buena historia!

guillemaro dijo...

Muy interesante esta historia, que bien podría llevarse a estos tiempos.

Belkis Bigles dijo...

Excelente historia.

ginita42 dijo...

Muy bueno tu cuento y el nombre del protagonista un regalo Anacrio Amores, me recuerdan a los de Macondo.Ademas haces un derroche de conocimientos, vas entremezclando la ficción con la fabula de tus personajes y el argumentos al punto que no sabes donde termina la historia y comienza la imaginación prodigiosa del creador .me fascino.El lenguaje lleno de magia...ficción y realidad en una mezcla única...te adentras en ese mundo inusual recreado por ti del que no quieres salir...Éxitos .

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