miércoles, febrero 24

LA ESQUINA


(MI “YO” Y OTRAS HISTORIAS)







El arte simple de la murmuración, esa complicidad entre dos amantes que descubren el camino, que sienten los destellos del amanecer sobre su cuerpo porque olvidaron correr las cortinas y no lo toman en serio, porque descubrir cada lunar, cada cicatriz es un arte, una arruga, un beso, una simple caricia siempre preparada para suplir el cansancio, para intercambiar un par de bocanadas de humo o quizás un desayuno al borde de la cama, donde no puede faltar la insustituible rosa roja, la pasión, esa increíble oleada de placer que resurge luego de la energía consumida, luego de los besos de agradecimientos que despiertan los instintos.

El sol sigue creciendo detrás de la cortina, sus rayos convierten el polvo en simples torrentes de minúsculos fragmentos que poseen la sorprendente sensación de abrir el tiempo para nuestra mirada, porque nunca transcurre más que en la eternidad y este torrente es eterno, no se termina más que con el escape de la luz.

Yo siempre llegaba a estos encuentros casuales al detenerme en la misma esquina de la ciudad, no sé por qué existía la magia de la conquista, tampoco puedo afirmar que alguien haya diseñado esa esquina solo para mis conquistas. No la descubrí, así como así, fue una llegada casual, fue la espera de un taxi para abandonar ese lado de la ciudad y solo necesite diez minutos para encontrar el cuerpo de una mujer a la cual adorar y rendirle todo el culto de mi religión preferida. Lo que nunca pude encontrar fue el taxi ya que termine caminando rumbo a mi casa entre besos, caricias y una encantadora conversación.

Tarde unos dos meses en coincidir en la misma esquina y me ocurrió exactamente lo mismo. El taxi jamás llegó, el amor 10 minutos después. Por años regresé a la esquina sagrada siempre llevaba un fragmento de mi poema favorito. La última vez que visite tenía un poema completo para la despedida, jamás he podido regresar a mi esquina predilecta, tampoco me he tomado el trabajo de encontrar una esquina en esta ciudad donde vivo ahora, quizás exista, quizás no, por ahora prefiero la soledad de una copa de vino, los acordes de una guitarra y una antigua melodía regresándome al pasado, al punto exacto de mi destino, esa esquina donde una vez logre descubrir que la soledad es solo un pretexto para alejarnos del amor, que la soledad no es la cura al desamor sino su elixir preferido.


Quizás sea un pretexto para no encontrar un sitio similar en esta ciudad, quizás no quiero perder mi recuerdo o cambiar el rostro de mi pasado. Alguien me dijo hace poco tiempo que tal vez la añoranza era el amor que sentía por este lugar y que buscar su remplazo sería una traición de amor, quizás tenga razón, lo cierto es que prefiero esconderme en el tiempo y descubrir cómo podré regresar a la ciudad donde no me dejan entrar, tal vez así pueda mantener mi fidelidad a esta esquina y regresar como un amante fiel a sus brazos.

2 comentarios:

georgina miguez lima dijo...

regresar a nuestros lugares donde encontramos el amor ,a esa esquina cualquiera me atrae,me fascina.. tambien me gusta la fidelidad a la copa de vino en soledad, ....pero no encontrar ni buscar un sitio igual en otra ciudad,para no cambiar el rostro del pasado,ya es lealtad... palabra magica,sublime....

Opinión Cubana dijo...

Es cierto, para qué romper la magia de un pasado que muy pronto puede regresar....

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