jueves, mayo 13

EL DIA DE LA MALA SUERTE


(MI "YO" Y OTRAS HISTORIAS)




José Abrévalos y Monzón era, como se dice en buen cristiano, un hijo divino de Dios. Párroco nombrado desde la Habana por el propio señor Arzobispo, bueno esto último no era muy seguro, ya que la única prueba que existía era la continua afirmación del padre José, que así era como le conocían, sobre el asunto. Su llegada a Cruces se remonta a comienzos de los años 30, cuando apenas era un joven recién graduado del seminario San Carlos.

Cruces, como casi todos los pueblos cubanos de comienzos de siglo, basaban su economía en la caña de azúcar y en el desarrollo agropecuario. A la llegada del padre José no existían muchos negocios en el centro del pueblo, incluso, la iglesia era, según el padre José: “una casucha de madera de dos pisos que era sostenida por la culpa de los comejenes”.

El por qué de su nombramiento para una parroquia tan pequeña y pobre, a pesar de su “linaje”, ya que su tío era el cardenal de la ciudad de Santiago de Cuba, despertó dudas sobre un asunto que fue todo un escándalo en la ciudad. Todo el mundo recordaba la visita de Gerardo Machado a la iglesia de la Loma del Ángel ese domingo previo a la muerte de varios opositores, se dijo que su presencia en la iglesia fue para amedrentar al Monseñor Arturo quien se había hecho famoso por sus “misas rojas”. Lo llamativo del asunto es que ante el asombro de todos los presentes el general depositó en la bandeja de diezmos un abultado grupo de billetes que, según se supo con exactitud después, ascendía a 100 000 pesos, cantidad que el presidente de la Republica considero “justa” para callarle la boca al monseñor.

El Monseñor camino lentamente hasta la parte trasera de la sacristía para comprobar con sus manos la insólita “donación” que había recibido pero al llegar vio a uno de los monaguillos tirado en el piso desmayado y la puerta de salida trasera abierta. Monseñor comprendió que habían sido robados y su primera duda fue para el señor presidente.
En la investigación policiaca se determino que el ladrón tenía que ser alguien que conocía perfectamente la sacristía ya que, su salida trasera daba a un patio interior de altas paredes por donde resultaba imposible una escapatoria. Pocos días después el joven monaguillo recuperó el conocimiento y declaró que lo único que recordaba era a una persona que le recordaba al padre José pero que no estaba seguro ya que todo fue muy rápido.

Cuando le preguntaron al padre José este negó que hubiese estado ese domingo en la iglesia de la Loma del Ángel y para demostrarlo dijo que se encontraba en la ciudad de Matanzas donde había visitado a un familiar. Monseñor no quiso escuchar las súplicas del padre José y quería entregarlo a la policía. Una intervención de su tío a través del arzobispo lograron destinar al padre José al lejano pueblo de Cruces donde el párroco había desaparecido con las donaciones para construir una nueva Iglesia.

El padre José llegó a Cruces con una sonrisa de triunfo que nadie pudo entender, en pocos meses levantó una iglesia nueva que sería el orgullo de todos sus pobladores. Algunos de sus familiares llegaron al pueblo para invertir en negocios tan diversos como impensables para la época. Como esa tienda por departamentos que copiaba a los más grandes almacenes de la Habana y que, a pesar de que nadie le auguró un próspero futuro, lo tuvo. Personajes de la burguesía criolla viajaban desde la acaudalada y hermosa Cienfuegos a comprar ropa de primerísima calidad a precios módicos. Años después se supo que la fuente de la prosperidad se debía a que Don Porfirio, primo del padre José, compraba toda su mercancía a una banda de ladrones italianos que asaltaban los numerosos embarques que arribaban a la Florida provenientes de Europa. La llegada de la Guerra en los años 40 traería el cierre del gran almacén debido a la protección que recibieron los barcos mercantes por los buques de guerra.

Uno de esos negocios prósperos que proliferaron después de la llegada del padre José fue una tienda de imágenes religiosas que abrió el propio padre al lado de la nueva iglesia. Aunque nadie cuestionó de donde sacó el párroco dinero para invertir en la tienda todo el mundo comentaba que eran sus familiares quienes habían puesto el capital. La pequeña tienda fue muy popular debido a un golpe inesperado de “buena suerte”

Don Victoriano, a sus cincuenta años desconocía que padecía un raro síndrome donde perdía todo tipo de reflejos. Al ser catatónico en un pueblo donde el único médico que existía no servía para nada después de las seis de la tarde por sus acostumbradas borracheras, nadie pudo tener otro pensamiento que no fuera el de su muerte cuando se desplomó en el bar después de un raro alarido.

Como todos sus síntomas indicaban que estaba muerto y el doctor ya estaba “fuera de servicio” fue llevado por su esposa a la funeraria Abrévalos recién inaugurada por Jesús, el hermano más pequeño del párroco.

Don Victoriano fue preparado según las costumbres de la época, un traje nuevo, un poco de color rosado en sus mejillas, y presentado en la capilla a caja abierta. Los cuatro candelabros que custodiaban su féretro brillaban en su dorado más puro.

A la medianoche casi todo el pueblo estaba “disfrutando” del delicioso café con leche y los recién horneados panes con mantequilla que constantemente eran servidos de manera “gratuita” por la funeraria y que solo los dolientes comprenderían que no había nada gratis, ya que en la factura de pago al día siguiente era incluido todo este “gasto gratuito”

La llegada del padre José atrajo las miradas de todos. El párroco se acercó al féretro y sintió un mal olor que provenía del féretro así que con mucho disimulo se acercó hasta su hermano más pequeño dándole ordenes para que pusiese hielo debajo del cadáver para evitar su descomposición.

Jesús dio la orden a sus ayudantes y comenzaron la tarea de colocar el hielo debajo del cadáver. El padre Juan comenzó a dar una misa en honor del muerto y mostrando un crucifijo mediano que había traído especialmente para colocarlo en las manos cruzadas del muerto, alabó al señor, bendijo el crucifijo besándolo para que su pureza impidiera que el alma de Don Victoriano fuera al infierno, colocó el crucifijo entre las manos del fallecido y grito: “..Dios te recibirá en su seno con toda la nobleza de su espíritu porque de no ser así permitirá que te quedes en la tierra junto a nosotros…”

El padre José fue el último en enterarse y el primero en caer desmayado, ya que justo cuando terminaba de decir sus palabras Don Victoriano se sentó desorientado en la caja mortuoria y todos los que lograron esquivar el desmayo inminente corrieron despavoridos por las calles del pueblo.

El “muerto vivo” solo estuvo un par de días en el pueblo donde se mudó para la Habana ya que nadie se atrevía a acercársele. Caminaba por una acera y todos cruzaban alejándose de este espíritu. Hay quienes pensaron que era una venganza de Dios para con Don Victorino por no reconocer a varios hijos que tenía regados por los bohíos desperdigados en las guardarrayas de los cañaverales. El único beneficiado de todo este penoso asunto fue el padre José y sus crucifijos ya que todos empezaron a creer que tenían poderes milagrosos. La fama pronto trascendió hasta la ciudad de Cienfuegos donde un hábil comerciante llegaba una vez por semana a comprar un cargamento de crucifijos que eran realizados por los jóvenes de la congregación.

Con el incremento de las “ganancias” el padre José dio ordenes para construir una campana de bronce tan grande que fuera vista por todos los pobladores. Tres años tardaron los albañiles en levantar una torre tan alta como la deseaba el párroco. Dos días estuvieron batallando para elevar la campana hasta lo alto de su pedestal y si, el padre José tenía razón, todo el pueblo y sus alrededores veían con orgullo la gran campana y por supuesto, escuchaban su poderoso sonido.

Para la inauguración del campanario el padre se puso de acuerdo con el alcalde del pueblo para hacer unos juegos florales. Todos estuvieron de acuerdo en que tres días de fiesta no le harían daño a nadie, mucho menos cuando los precios del azúcar y los productos agrícolas comenzaban a subir debido a la incipiente guerra que comenzaba en Europa.

Justo ese gran día al atardecer el padre José se disponía a abrir la tienda de imágenes religiosas ya que como era visible casi todo el pueblo estaba a la entrada de la recién pintada iglesia. Al entrar el padre resbalo con la alfombrilla que cubría el descanso de la puerta cayendo estrepitosamente al piso y emitiendo una frase que dejó a todos boquiabiertos. Su: “me cago en Dios” fue escuchado y repetido en todo el pueblo en cuestión de minutos. Adolorido el padre Juan se levanto sin comprender del todo el alcance de su frase. Nadie quiso acercarse a él, nadie quiso tenderle la mano, todos estaban mudos ante la ofensa que el mismo hijo de Dios había cometido.

El padre Juan comprendió que su buena suerte, la misma que tanto se jactaba tener había comenzado a desmoronarse, no sabía cuál sería su futuro, camino justo hasta la entrada de la iglesia y miro hacia lo alto lanzando una súplica a Dios para que lo perdonara, pues como todo ser humano había cometido un pecado. Lanzó una segunda súplica y le pidió a Dios una prueba de su perdón. Todo el pueblo de Cruces estaba alejado del padre, lo habían dejado solo para que arreglara sus problemas con Dios y Dios respondió: un sordo crujido fue escuchado, seguido de un silbido metálico en caída. La torre no había soportado el peso de la campana y había cedido, la campana se vino abajo cayendo justamente donde el padre, suplicaba arrodillado y con los ojos cerrados el perdón de Dios.

El padre Juan nunca supo que fue lo que lo envió de la tierra al infierno, pero si supo que al caer y gritar su “me cago en Dios” había comenzado la era de su mala suerte….

martes, mayo 11

HIJO DE PUEBLO


(MI “YO” Y OTRAS HISTORIAS)






La magia de aquellos pueblos perdidos en la memoria, en las coincidencias geográficas que, a ratos, despiertan acurrucados en el deseo. El manantial, la glorieta con sus arabescos incrustados, el rencor, el odio racial, aquellas manías que han sido barridas en el día a día como polvo ancestral, tibio y resbaladizo, por la escoba de esas conversaciones tan dolorosas como el goce infinito del disfrute por dolor ajeno.


Ahí está mi recuerdo, anclado a la superstición de esas calles oscuras, al nacimiento de la ternura y la soledad, a los recuerdos, a ese pequeño espacio que se convierte en destino, en una cascada inolvidable que brota para mostrarse desde la plenitud. No llega de manera completa, fragmentos, el primer amor, la curiosidad y esa increíble sensación de un escape constante que no puedo explicar por qué no aparece más que cuando dejo de recordar.

Ser hijo de un pequeño pueblo tiene su encanto, pero también posee la cruz de un destino marcando tu camino, iluminando ese sendero para que no te salgas, para que tu caballo mantenga el paso de potro amansado y es que son tantas las prohibiciones que te rodean que jamás logras comprender tu verdadera talla, el precio justo de tu grandeza, porque siempre vives colgado de esa aldaba, de ese simple comentario que puede malograr de golpe y porrazo tu futuro.


¿Y que puede importarle el futuro a un niño de pueblo? Hasta en eso tienes que cuidarte, porque te diseñan toda una telaraña de caminos para terminar en una cantina ahogando todos tus resentimientos. Ese es el caso de Don Luis. Bueno, para ser sincero hasta la médula, como dicen por allá por mi pueblo, esa era su historia. El decía que provenía de una familia de muchísimo dinero –harto dinero- esas eran sus palabras reales, aunque nadie conocía ni su apellido, solo Don Luis, ese era su secreto comenzaba a narrarte sus historias para que te sintieras interesado y muy de repente, cuando te notaba que estabas dentro de la historia, te soltaba un… ya me tengo que ir… y uno por conocer el final de la historia le decía, no se vaya Don Luis, tómese otra cerveza, y Don Luis lanzaba su gesto más convincente, movía su cabeza en señal de aprobación y decía su frase más célebre –esta bien, solo porque se trata de usted- y así continuaba su historia deteniéndola justamente cuando su vaso de 12 onzas trasparente y con ese inconfundible oso polar grabado en sus paredes quedaba absolutamente vacío y justamente ahí comenzaba el arte de la seducción, Don Luis negociaba su próxima cerveza y su “victima” la continuidad de la historia.


Recuerdo la primera vez que fui víctima de Don Luis, justo acababa de cumplir los 16 años y me encontraba disfrutando de las vacaciones invernales. Nunca pude entender eso de vacaciones invernales porque llegabas al pueblo y zas un invierno de 36 grados centígrados. Lo más cercano que recuerdo al invierno de esos años fue el estreno de una chamarra de piel que me regaló mi padre y que se me ocurrió ponérmela para ir al cine y así, dicho sea de paso, pavonearme delante de las muchachas. Yo no se realmente que película era, ni siquiera recuerdo en que momento apagaron las luces, ni cuando se terminó. El único recuerdo de ese día histórico fue la sensación de felicidad cuando llegue a mi habitación y me quité la dichosa chamarra.


Como les decía, disfrutaba de mis primeras vacaciones invernales, ya que como buen hijo de familia acomodada estudiaba en los Maristas de Cienfuegos, hermosa ciudad, muy afrancesada para mi gusto, pero “donde el arte encuentra un destino dibuja su estela de gracia”, así decía mi profesor de pintura. Recuerdo que ese día, el segundo de mis ansiadas vacaciones, me preparé desde la tarde para conquistar el parque de Cruces, mi pueblo natal, y es que era precisamente el momento justo en que tu padre te desliza un par de billetes de 20 pesos y con cara de pícaro te dice: “No regreses a casa sino te conviertes en hombre”


Jamás logré entender a mi padre. En muchas ocasiones me acercaba a él para pedirle 20 centavos para disfrutar de un delicioso pan con lechón y una Coca Cola con el negro Baudelio y siempre me repetía la misma historia, hijo ve a la trastienda, acomoda la mercancía, barre bien el piso y luego hablamos y ese luego era tan lejano como las barras de queso que poseía mi padre a los ratones que, a veces, lograban burlar el cerco de trampas que les ponían sus ayudantes.


Aunque para ser honesto en muchas ocasiones encontraba los 20 centavos en la mesita de noche de mi alcoba. Mi padre jamás daba nada sin pedir algo a cambio, esa era su filosofía, por ello me sorprendió ese día al poner en mis manos dos billetes de 20 pesos. Toda una fortuna para la época. Les pongo un ejemplo: Mi padre tenía tres empleados en su tienda y a cada uno les pagaba religiosamente los sábados. Ponía en sus manos siete billetes de 1 peso y luego de recibir los consabidos agradecimientos de sus empleados les decía: -agradezcan a Dios porque tienen un empleo digno y por favor, no se olviden de pagarle la comida a Doña Lola.


Dolores o Doña Lola, era mi madre y diariamente ella cocinaba en compañía de mi nana Josefa para todos. Mi padre nunca hizo distingos en su casa con nadie. A la hora del almuerzo o la comida se sentaban todos, desde sus hijos hasta sus ayudantes y por supuesto la nana Josefa quien siempre era la última en sentarse y la primera y única que se levantaba de la mesa antes que mi padre. Como les decía mi padre al pagarle a sus ayudantes les recordaba que fueran con Doña Lola a pagarles por la comida de la semana. El pago era 1 peso a la semana, dinero que mi madre jamás cobró, pero que cada semana al ir los ayudantes a pagarle ella les decía: –la semana entrante le cobro sin falta, porque sé que esta semana la esta pasando muy mal, y su familia necesita el dinero para resolver sus problemas económicos-.


Solo una vez mi madre le cobró el peso a uno de los ayudantes, porque la semana anterior Alberto, que era su nombre, confiado quizás, en que mi madre no le cobraría como siempre, no fue a darle las gracias y a ofrecerle el pago y mi madre, como toda una santa, espero toda una semana para darle una lección a este joven, lo hizo pasar, espero que como siempre le agradeciera por la comida y que extendiera el billete y mi madre, para sorpresa de Alberto, tomó el billete y lo guardo en una de las gavetas de la cocina. Alberto, quien no salía de su asombro escuchó a mi madre decirle –joven, lo que hoy le estoy cobrando no es la comida que usted se come durante la semana, sino su falta de respeto al no venir y agradecer la buena voluntad de su patrona de atenderlo como se debe- dicho esto mi madre lo despidió con un ademán y el buen Alberto se retiró. No sé en realidad que haya pasado con este joven hay muchos años que no lo veo, lo que si estoy seguro es que aprendió la lección de que siempre hay que ser agradecido, que nunca se debe dar por hecho algo tan noble como el agradecimiento y así era mi madre, muy recta, pero muy justa en sus decisiones.


Decía que nunca lograba entender a mi padre porque su tacañería era legendaria. Muchas anécdotas corrían de boca en boca por el pueblo, pero la más famosa era la que estuvo 8 días sin comer para no gastarse el mísero salario que le pagaba don Wilfredo, su antiguo patrón y el primer propietario de la tienda que luego fue de mi padre. Es que don Wilfredo mandaba a comprar la comida para él y sus ayudantes a la fonda de la señora Carmen. Una sola comida al día según la ley de Don Wilfredo y en cierta ocasión que Don Wilfredo se tuvo que ausentar por unos días mi padre que para esa época era la única persona en el mundo que soportaba al español quedó al frente de la tienda y estuvo sin comer por ocho días para no gastar un centavo de su mísera paga. Por ello es que me sorprendió ese día al deslizar dos billetes de 20 pesos en mi mano y pedirme de manera pícara y sonriente que no regresara a casa sino me convertía en hombre.


El verdadero sentido de esa frase era que tomara el camino de salida del pueblo y visitara uno de los burdeles que por esa zona existían. Para ser sincero nunca fue esa mi intención porque ya conocía los secretos del amor innombrado como le decía mi abuela. Porque mi abuela cuando se refería a las escapadas de mi abuelo a los prostíbulos decía que mi abuelo estaba en la casa del innombrado y a mí siempre me llenaba de curiosidad cada vez que escuchaba la frase en boca de la abuela porque mi madre siempre se ruborizaba y decía...¡¡¡Madre!!! Y mi padre se sonreía muy a disgusto de mi madre. Esa tarde cuando salí tome el rumbo del Paradero de Camarones, porque quería visitar a Martha.


Martha era, digo era porque ya falleció, una hermosa mujer de unos treinta y cinco años que poseía una belleza rara. Muchas personas siempre persiguen el prototipo de belleza que esta de moda. Por aquellos años recuerdo que el prototipo de belleza que todos perseguían era el de la mujer exuberante, alta, con grandes caderas y Martha era todo lo contrario. Era muy delgada al extremo, pequeña, menudita y de facciones muy duras. Nada en ella inspiraría la musa de un poeta callejero. Sin embargo, recuerdo que la conocí cuando montaba a caballo en la finca de mi abuelo. Ella vivía al lindero de la finca y rara vez se dejaba ver por alguien. Había tenido una infancia muy dura allá por los campos de Manzanillo. Ella era la única hija hembra de un matrimonio que tenían otros quince hijos y siendo muy niña tuvo que ocuparse de todos sus hermanos y el papa al morir su madre, en uno de los tantos desalojos que vivieron. Por eso al cumplir los trece años se escapó con el primer hombre que le hizo promesas.


En los primeros tiempos todo le fue muy bien a Martha. Juan, que así se llamaba su esposo la respetaba y la cuidaba mucho, pues al final ella era solo una cría y él todo un hombre de 35 años. Todo marchaba como Martha había soñado hasta que quedó embarazada de su hijo. Justo ahí comenzaron los problemas para Martha, porque Juan, que había sido víctima de una infidelidad de su primera esposa comenzó a enojarse cada vez más seguido con Martha y lo que, en principio, eran discusiones, al final terminaron en escandalosas peleas donde en una de ellas Ramón, el vecino de la pareja intervino para apaciguar los ánimos de Juan y al recibir una agresión de este le asestó un golpe con su machete matándolo instantáneamente. Ramón huyo del lugar y al llegar la guardia rural encontraron a Martha sentada en una esquina de la casa, toda ensangrentada, mientras su esposo yacía muerto al centro de la misma.


Martha fue llevada al Vivac de Cruces y luego a Santa Clara acusada de dar muerte a su esposo. Martha estuvo presa por más de 15 años hasta que alguien encontró el expediente de su caso arrumbado en algún archivo empolvado y leyó “testigo ocular del asesinato de su esposo” y casi al final del expediente encontró una frase escrita a mano donde se aclaraba que Martha estaba recluida en espera de su juicio. El juicio jamás se celebró y un buen día, cuando Martha ya había perdido todas las esperanzas de recuperar su libertad llegó un señor alto, muy alto según me dijo una vez, acompañado de una de las carceleras y le dijo –Señora esta usted en libertad, puede marcharse- Martha jamás pudo entender que había pasado. Tantos años de dolor, la separación de su hijo cuando apenas tenía dos años, tantas angustias, desilusiones, desesperanzas habían convertido a Martha en una harapienta ermitaña a la que mi abuelo había permito vivir en uno de los linderos de su propiedad.


Mi abuelo la recogió en su auto cuando regresaba de visitar una de sus haciendas ganaderas del Camagüey y la vio sentada al borde de la carretera sola, desgreñada, vistiendo harapos y con una cara de hambre que asustaba. Mi abuelo decía: el día que la recogí en la carretera me asustó tanto ver su cara de hambre que si le hubiesen dado ese susto a una yuca con toda seguridad que se ablandaba. Mi abuelo le regaló un pequeño bohío abandonado en el lindero de su finca y en los primeros tiempos la ayudó con algo de ropa y comida, pero Martha jamás le pidió nada, siempre que me hablaba de mi abuelo lo hacía con mucho agradecimiento, porque él había sido la única persona que había sido decente con ella. Mi abuelo al ver que Martha estaba mejor dejó de visitarla y ahí estuvo lejos de todo contacto humano hasta que yo la encontré.


Al principio Martha me veía y escapaba, de ninguna manera se dejaba ver, incluso en una de esas visitas entre a su bohío y ni siquiera apareció para regañar mi osadía. Poco a poco me fue perdiendo el miedo, porque veía que llegaba a visitarla y me sentaba horas en la entrada de su casa y cada vez que me marchaba dejaba sobre una improvisada mesa de tablas que estaba afuera de su bohío alguna golosina o regalo. Es curioso, en cierta ocasión le deje un pañuelo de cabeza y al día siguiente cuando estaba llegando a su bohío la vi escapar por la parte trasera con el pañuelo en la cabeza, lo cual me llenó de alegría porque era señal de que le había gustado mi regalo.


Creo que fue al mes de ir cada tarde a visitarla que me sorprendió al llegarme por detrás y ofrecerme un café como si fuera un visitante asiduo al que ella conociera de toda la vida. Pueden imaginarse mi cara de sorpresa. Había soñado este encuentro durante todo un mes y allí estaba parada frente a mí esperando mi aprobación para prepararme un café. No recuerdo que le dije, lo que si recuerdo es su enorme e intimidante carcajada que hizo que me levantara y me montara en mi caballo y me fuera.


Tardé como una semana en regresar y al ir acercándome a su bohío lo noté vacío. Llegué, me bajé del caballo y caminé hasta la mesa, coloqué un vestido que había hurtado de la tienda de mi padre y me voltee para ir en busca de mi caballo cuando escuche su voz…. Qué…hoy no se queda a esperar… Lentamente gire mi rostro y ahí estaba ella, toda sonriente con el pañuelo que le había regalado anudado al cuello… Venga, siéntese…enseguida le preparo café y se perdió dentro del pequeño bohío regresando con una jícara y me la ofreció. Yo hice una señal de agradecimiento con mi rostro y ella se sentó frente a mí y así estuvimos toda la tarde sin decirnos nada, solo nos mirábamos uno al otro.


Al día siguiente regresé, pero lo hice más temprano que de costumbre y al llegar pude ver como se asomaba por la ventana y me regalaba una sonrisa. Feliz me baje del caballo y llegue hasta su puerta, ella la abrió y me invito a pasar con un ademán, yo le di las gracias con otro y entré. Martha cerro la puerta con suavidad y se me abrazó con mucha fuerza y al soltarse me regaló un beso en los labios y me dijo… gracias por el vestido está hermoso….nunca antes nadie me había regalado algo tan bonito… y me volvió a abrazar. Así estuvo varios minutos hasta que me dijo… ¿quieres ver como me queda el vestido?...De mis labios salió un si algo apagado pues como podrán imaginar estaba mas asustado que un pollo mojado.


Martha comenzó a moverse por la habitación como si estuviera bailando un vals, solo faltaba el sonido de la orquesta, aunque para ser honesto no creo que ella lo necesitara. Estaba feliz, tomo el vestido en su mano y lo coloco con suavidad en un taburete luego comenzó a desabotonarse su raída camisa y me dijo…. Cierra los ojos, no es mi cuerpo desnudo el que quiero que veas al abrirlos es tu regalo lo que quiero que disfrutes… Yo asentí con un ademán y aunque tenía unas ganas enormes de verla desnuda me contuve, simplemente cerré los ojos y espere ansioso a que ella me diera el permiso para abrirlos.


Aunque solo fueron unos pocos segundos mi ansiedad me hizo pensar que fueron horas. Al fin escuche sus palabras, me pidió que abriera los ojos y para mi sorpresa estaba semidesnuda solo cubierta por la camisa de trabajo y entonces se acerco a mi, me susurró que como me había portado bien y no había hecho trampas intentando abrir los ojos me quería regalar el honor de que yo le pusiera el vestido.


Decirlo ahora es fácil, pensarlo es más sencillo, pero vivirlo como lo viví en ese momento es muy difícil. Cuando escuche sus palabras mi cuerpo comenzó a temblar. No es fácil, era la primera vez que estaba delante de una mujer y para colmo estaba semidesnuda, parada frente a mi y tenía todo el nacimiento de su seno queriendo salir a través de la camisa, que dicho sea de paso, solo estaba abotonada en un solo ojal.


De verdad que no le deseo un momento como ese a nadie. Era la disyuntiva de tener en tus manos todos los sueños de un adolescente engreído y precoz o la de seguir los consejos de tus mayores que te recomendaban alejarse de mujeres fáciles.


Fue así que conocí el amor, que pude saborear la dulzura y el misterio que estaban encerrados en el cuerpo de una mujer que, por muchos años, no pudo expresar su intimidad. Muchas fueron mis visitas posteriores, pero aquella fue la más especial.


Decía que esa tarde fui a visitar a Martha porque sentía muchos deseos de verla. Habían pasado muchos meses desde que había partido a Cienfuegos para estudiar y ya la extrañaba. Extrañaba sobre todo esas caricias que le hacia a mi cuerpo desnudo después que hacíamos el amor, sus palabras, su sentimiento de niña alocada.


Tenía muchos deseos de pasar la tarde con ella y reconozco que hasta toda la noche, pero al llegar no supe que pensar, el bohío estaba destruido y no había rastro de ella, años después supe que se había regresado a su casa para ayudar a sus hermanos porque su padre había muerto y su madrastra había huido dejándoles a sus hermanos otros dos hijos que había tenido con el padre.


Al no saber que había pasado con Martha me sentí muy triste y regresé al pueblo sin saber que hacer. Por ello mientras vagaba por las calles llegue hasta el bar de Don Pepe y sin saber por qué entre, me senté en una de las banquetas de la barra y pedí una cerveza.


Mientras saboreaba el rubicundo y turbio remolino de mi Polar, Don Luis se sentó a mi lado, triste y silencioso y se puso a dibujar con sus dedos palabras imaginarias sobre la barra. Tiempo después supe que era una de sus estrategias para que sus “victimas” se sintieran atraídos por su magia conversadora y no ser él quien iniciara, porque al iniciar una conversación debes respetar las leyes no escritas de las tabernas y bares, debes pagarle a tu interlocutor para que te escuche y como no es decente que le pagues directamente, por ellos debes pagarle con la moneda secreta: una cerveza, una línea de ron o cualquier otra cosa semejante que se le antoje a tu invitado.


Decía que Don Luis se sentó a mi lado y comenzó a mover sus estrategias para atrapar a su víctima y yo, que ya sentía mucha curiosidad de establecer una conversación con este pirata sin carabela me deje atrapar fácilmente.


Al recibir su botín, Don Luis me miró fijamente y luego de saborear un largo trago comenzó a decir… “Muchos piensan que soy maldito, que soy hijo del diablo, hasta que soy el diablo solo porque llevo un parche sobre mi ojo y no es así. Perdí mi ojo el mismo día que cumplí treinta y tres años. Nunca supe si fue una bendición o una maldición porque algo hay de ambas. La culpa es un remedio para quitarnos los problemas de encima sin sentir su peso apretándonos contra el piso. Por ello no culpo a nadie, ni siquiera me culpo a mi mismo. Porque hacerlo sería pecar a través de la mentira y regresaría sobre mis pasos anteriores a ese día y no quisiera hacerlo, es por eso que te digo que puede ser una bendición y puede ser una maldición porque después de ese día soy como el hijo del diablo al que todos desprecian, al que todos temen y que, por el temor a pecar no hacen público sus verdaderos sentimientos hacia mi persona, pero no importa, que me puede importar a esta altura de la vida el desprecio de alguien, cuando soy feliz, cuando al fin puedo decir que cumplí mi misión en la vida, cuando la muerte puede ser la única vía para regresar a mis ancestros.


Don Luis terminó su cerveza y para sorpresa de muchos se levantó y se marchó, creo, si mi memoria no me falla, que fue la última vez que fue visto por el pueblo. Se fue como apareció, su leyenda ha quedado en la memoria de muchos como yo, que se acercan a su recuerdo a través del tiempo para sonreír en las arenas de la eternidad, para fortalecer la esencia del alma. De mi recuerdos a mi presente, de hijo de pueblo a ciudadano del mundo, toda la nostalgia y la consagración de un segundo incrustado para siempre en un trozo de papel.


Así es el tiempo, tan frio como caprichoso, apoderándose de nuestros pensamientos y dejándolos desperdigados como huérfanos innombrables, perdiéndose la lejanía pero quedando la esencia, el místico sentido de una escapatoria por los caminos del pasado.



viernes, abril 30

LA RESPUESTA OCULTA

(MI “YO” Y OTRAS HISTORIAS)






Ahora, entre dos nubes pasajeras, el alma se debate entre el olvido y esa parte del cuerpo que aun sobrevive entre los deseos más sagrados, porque no serán aquellas palabras silenciosas las que remontarán el camino de regreso, no pueden, es tan largo el camino del tiempo que caminar, alejado de los recuerdos, protege de la nostalgia, de esas canciones que habitan en ese rincón tenebroso donde un solo acorde puede abrir esas ventanas, provocar esa ola de recuerdos que se arrodillará frente a los ojos para descubrir que ellos no son esos seres tan fríos y calculadores, los propietarios de la sonrisa, los eternos mártires de una cofradía donde el amanecer es la marca sagrada.

No esperarán por una decisión, por ese escape tan esperado desde la eternidad. No quieren la sonrisa perpetua, esas flores que se deshojan frente a la ironía. No hay espacio, no está la ternura con sus pinceles para decorar el paso de las voces, para cambiar el rumbo de aquellas mariposas que se empeñan en volver al camino y volar, volar contra cada mancha, contra cada campanada que llega con malas noticias, sin percatarse que a lo lejos el mar habita en su monotonía, en su recurrente susurro para proteger a todos los huérfanos, a todos los desterrados del dolor, a todos los que no pueden decidir más allá de esa supervivencia, de esa rala humedad continua.

No es el miedo, es que no saben como llegar al mar, no pueden conocer esos caminos que el destino se empeñó en nombrar manantiales, esos pequeños riachuelos ocultos de la imposibilidad que atraviesan el alma hasta el corazón. Ahí esta la salida, la simple amabilidad que brota desde un abrazo tierno, la ruptura de un carapacho, tenue y gris, que protege al último instinto de esa muerte anunciada desde la desesperanza.

Siempre amanece, esa es la posibilidad para romper el hechizo, la gran apertura del silencio contra la mordaza para impedirles un gemido.

sábado, abril 17

LOS ROSTROS ESCONDIDOS


(MI “YO” Y OTRAS HISTORIAS)




No sé por qué quiero regresar a esos besos nacidos en la amargura, no es temor a las brasas encendidas o ese humo turbio que se destiñe en la lejanía de esas chimeneas sin ladrillos, sin vocales altisonantes, sin esa resplandeciente monotonía que asesina el tiempo presente, que nos devuelve la inmortalidad después de la guerra, suspiros, leves pinceladas graficadas en la escala de la sensibilidad y el odio.



No podemos arder en la letanía, cada palabra es la siguiente conversación de esa tarde adorable. El odio o la guerra de hielos derretidos convencen la connotada ausencia del árbol milenario. Para qué esculpir la sangre que no se derrama sin alaridos, la savia o el más deleitado percance de la ausencia atrae el odio al milagro, las miradas y la extrañeza, la simple escapada por esa puerta milagrosa que es el abrazo en noches de pasión ardiente.



Es la voluntad, el tronco marcado por las cicatrices alocadas, la historia repetida de cada mariposa cincelada desde la imposibilidad. El tenue final que se avizora. El inicio, la nueva guerra que estará en las primeras planas de los chismes y la envidia mientras se descuelga una rebanada de miel encima de los cuerpos desnudos.



Es otro amanecer silencioso. A lo lejos la guerra aleja las miradas curiosas. El amor no necesita de reconciliaciones sino de encuentros. El tiempo se derrite en esas máscaras que apenas comenzarán a danzar la melodía desconocida. Es tiempo, vuelve a comenzar otra teoría del destino.

sábado, abril 10

EL CONDE Y LA CONDESA

(MI "YO" Y OTRAS HISTORIAS)





El principio de la duda no siempre te guía por el camino de la desconfianza. Lo más cercano a la irrealidad es la magia, la perseverancia para adecuar tus instintos y no desconfiar de lo que te rodea. Una visión, una simple corazonada puede de repente acercarte a una inmovilidad en el tiempo aunque no sea precisamente el camino triunfal a una salida de la visión, porque ese encuentro entre dos mutaciones de tiempo no contrae el mito y mucho menos la huella de una bendición.



Yo recuerdo un poema fantástico que me gusta evocar desde el silencio de mi habitación, puedo disfrutarlo, puedo sentir toda la magia que emana de cada una de sus sílabas y sin embargo no puedo nombrar una sola palabra del mismo, tal parece que quieren quedarse en mi memoria, que no desean sentir la posibilidad de una nueva vida. Este poema me fue regalado en una peña literaria en la Habana Vieja, en una casona que es un museo. Lo curioso de estas peñas era que comenzaban justo a la media noche en el patio central de la casona. Quien ha visitado estas grandes casonas de la Habana Vieja conoce lo maravilloso de sus patios centrales, verdaderas joyas arquitectónicas para una ciudad que comenzó a construirse sobre el capricho y el mal gusto de improvisados ingenieros.



La primera vez que asistí me pidieron los amigos que me invitaron que asistiera con un traje y su respectiva corbata, no importaba que por pantalón llevara unos desgastados jeans. Yo pensé en aquel momento que esta invitación estaba comprometida con alguna visita o evento importante, así que aproveche la generosidad de un amigo que me presto un saco y una corbata. Al llegar tuvimos que esperar a que la casona fuera cerrada por los trabajadores y abierta por nuestros anfitriones.



Yo pensaba en que poema podía leer, trataba de recordar y sin embargo ninguno de mis poemas llegó en mi auxilio, pensé en quedarme escondido en alguna de las columnas o tal vez descubrirme al final en una simple despedida.



Al entrar y estrechar la mano del conde y su prometida “la señorita condesa” no pude menos que tomar cada detalle e incrustarlo en una especie de poema, algo raro y caprichoso, que comencé a escribir justo al sentarme en una de las esquinas, bastante apartado de los asistentes a la peña.



La melodía y las palabras
el caprichoso viento nocturno
que desaparece justo al penetrar
en el patio de la casona
tomado del pomposo saludo
del gran Conde y su prometida



Así comenzaba aquel poema que termine al día siguiente porque una desconocida y misteriosa mujer llegó hasta mi apartado rincón tomando cada una de mis palabras y mi total atención.



Muchas veces he recordado este místico encuentro. Es la primera vez que escribo acerca de él. No piensen en los detalles, en esas curiosidades que dejo a la imaginación, porque no hablaré de ellas, no deseo romper el hechizo de aquella noche inusual. Lo único que diré fue que la mañana terminó con ese poema justo al atardecer.



Muchas veces asistí a estas peñas improvisadas en plena madrugada las cuales terminaron justo cuando la administración del museo descubrió que su sereno abría la casona a todos sus amigos poetas, pintores y trovadores. Después del final de estas peñas no vimos al Conde por algún tiempo. Desapareció de la Habana Vieja, quizás en agobiado por no tener una “mansión” donde recibir a sus invitados o quizás para evitar más problemas por su audacia.



Hace algún tiempo conversaba con una amiga en un bar de México y le comentaba acerca de este buen amigo y su hermosa locura. Lo curioso es que mi amiga me preguntó el por qué le decían el Conde y para ser sincero no supe decirle de donde le llegó el apodo y sin embargo si usted lo pudiera ver me diría es un Conde, una figura escapada de algún cuento de hadas o para ser justos de alguna de las historias que permanecen ocultas entre las paredes de aquellas casonas que pueblan la Habana Vieja. No hay dudas, mi buen amigo Luis, que era su verdadero nombre vestía un impecable disfraz digno de cualquier Conde o Duque, con todos sus velos y bordados. Su esposa, una digna condesa con todos los complementos que se acostumbran a finales del siglo XIX.



La última vez que los pude ver fue a través del cristal de un auto. Ellos caminaban tomados de la mano recibiendo el saludo de todos aquellos que pasaban por su lado y no podían entender que “Una visión, una simple corazonada puede de repente acercarte a una inmovilidad en el tiempo aunque no sea precisamente el camino triunfal a una salida de la visión, porque ese encuentro entre dos mutaciones de tiempo no contrae el mito y mucho menos la huella de una bendición….”
 

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